martes, 19 de marzo de 2013

RELATO II


CENICIENTA Y EL HOMBRE DEL TIEMPO

La mañana comenzaba como cualquier otra, me levantaba, me metía en la ducha, vestía a mi hija, desayunábamos juntas, y tras meterle el almuerzo en la mochila, nos dirigíamos al cole.
Las chicas me esperaban, como cada día, en la cafetería que hay frente a la escuela. Era nuestro lugar de encuentro antes de comenzar la jornada laboral, un lugar perfecto, visitado por muchas madres, donde nos poníamos al día de las novedades del fin de semana, o del día anterior.
- Menuda cara traes Candela – le decía Mª Eugenia al ver las ojeras que aquélla tenía, mientras esperábamos que llegara el camarero con nuestros respectivos cafés.
- No veas la noche que me ha dao la niña. Parecía que estuviera pidiendo juguetes en el Entierro de la Sardina.
- Eso son las ganas que tiene de salir de ahí y unirse al grupo – dijo tras una carcajada Mª Eugenia, mientras acariciaba la barriga de nuestra amiga. A Candela le faltaba apenas un mes para dar a luz a su segunda hija, y el agotamiento ya empezaba a dejarle huella.
- ¡Tengo novedades! – les dije de pronto. Sentía interrumpirlas de su bonita conversación, pero estaba deseando contarles lo que me había pasado el día anterior.
- Sorpréndenos – me dijo Mª Eugenia.
- He conocido a un chico por el chat. Es alto como yo, moreno, ojos pardos como los míos, y muy simpático. Estuvimos hablando hasta las dos de la mañana – me estremecí mientras se lo contaba, me sentía como una quinceañera rebelde, pero esta vez, con causa.
- Vaya, ahora me explico yo las ojeras que me traéis las dos. Desembucha nena – me dijo Mª Eugenia, que era la más extrovertida del grupo.
- El pepino se llama Miguel, y me tiene loca.
- Contigo no dan abasto los sicólogos nena. ¿Y de dónde es la criatura esta vez, de Alicante o de Albacete?
Aquellas palabras no me hicieron gracia. Pero conocía a mi amiga, y sabía que me lo preguntaba para saber si tendría posibilidades de poder quedar con él asiduamente, y poder aspirar a que fuera una relación más realista que con mi anterior ligue de Valencia, al que sólo vi una vez, y del que me separó mi archienemiga por excelencia, la dichosa distancia.
- No lista, es de aquí de Murcia. Y me ha dicho de vernos la semana que viene. – Estaba dispuesta a defender aquella relación a viento y marea. Apenas lo conocía, pero había algo en aquel chico que me había llamado la atención. Después de mucho tiempo, no me aburría en una conversación, y me había dejado con ganas de más.
- Eso es buenísimo. Me alegro por ti Alejandra. Ya te mereces conocer a alguien que te merezca, y así poder dar esquinazo al idiota de tu ex. – Me dijo Candela con la dulzura a la que nos tenía acostumbradas.
- Hombre, ¡por fin uno del país! – continuó Mª Eugenia con una sonrisa de oreja a oreja. Mis dos amigas estaban contentas por mí, y eso me alegraba, pero sabía la bronca que me iban a echar.
- Está casado – dije agachando la cabeza, a sabiendas de la que me esperaba. Pero ninguna dijo nada, tan solo se limitaron a mirarse entre ellas. Aquel silencio me estaba matando, hasta que por fin Mª Eugenia lo rompió.
- Alejandra ¿es que no hay más peces en el mar? ¿Estás segura de lo que vas a hacer?
- Claro que hay más peces, pero la mayoría son chirretes. Y no, no lo estoy. Sólo estoy segura de que tengo ganas de verlo. Además, - añadí para auto-convencerme a mí misma – yo no tengo que darle explicaciones a nadie, soy una mujer libre.
- Sabemos que lo eres, pero él no lo es. Y la verdad hija, vaya ganas de complicarte la vida.
- Yo no me la complico – le respondí – tan sólo intento vivirla día a día.
- Eso está muy bien, que quieras vivir la vida es bueno, pero no así. Esto te traerá problemas y lo sabes.
- No creo que vaya a tener problemas por el mero hecho de tener un amigo, aunque esté casado.
- ¿Un amigo? Las narices nena. A otro perro con ese hueso. ¿Crees que no sabemos cómo terminará todo?
- ¿Acaso tienes una bola de cristal para saberlo Mª Eugenia? – Le dije levantando un poco el tono de voz. Sabía que tenía razón en todo lo que decía, pero no quería dar mi brazo a torcer.
- No, no la tengo. Pero no hace falta tenerla para saber cómo va a acabar la historia. Los cuentos están muy bien en los libros, pero esto es la vida real. Y la realidad es que él está casado, y que le debe respeto a su mujer.
- Pero ese es su problema, no mío.
- Lo es o lo será en el momento que tengas una relación con él – dijo mirándome con fuerza. Yo intentaba buscar una respuesta que la convenciera, cuando Candela susurró:
- Vive la experiencia, pero no te enamores Alejandra, que te conocemos.
Aquella respuesta nos dejó sin habla tanto a Mª Eugenia como a mí. En su caso porque no esperaba que Candela me animara a seguir adelante con mi loca aventura. Y en el mío, porque, había conseguido oír lo que quería escuchar. Eso me daba vía libre a seguir adelante << Ya puedo hacerlo, tengo permiso de mi amiga >>, pensé.
Pasaron los días, y cada vez me sentía más enganchada a Miguel. Todas las mañanas me mandaba un whatssap para darme los buenos días. A mediodía, como conocía mi horario de trabajo en la tienda, me enviaba otro para preguntarme cómo me había ido la mañana. Y por las noches, chateábamos hasta bien entrada la madrugada. Aquella atención hacia mí me encantaba, me hacía sentirme querida como hacía mucho tiempo que no me sentía.
Ya había pasado más de un año desde que me divorcié del gandul de mi exmarido, al que le concedí el honor de ser mi mantenido. La vida con él en los últimos meses de matrimonio había sido un infierno, estaba ciega, y le permití que  absorbiera mi dinero y mi autoestima.  Pero ahora tenía a alguien que se preocupara por mí, ahora tenía a Miguel para preguntarme cómo me había ido el día, para darme las buenas noches, y para levantarme el ego hasta la terraza del edificio.
Sin darnos apenas cuenta, y aun a sabiendas de lo peligroso que aquello podía resultar, nuestras conversaciones dejaron de ser triviales, para ir tornándose en ardientes. Una noche decidió sincerarse conmigo, y en sus mensajes me habló de lo mucho que me había echado de menos durante el día, de que apenas logró concentrarse en el trabajo por no poder dejar de pensar en mí, y sobre todo, de lo mucho que deseaba besarme y acariciarme.
<<Bum>> El morbo acababa de llamar a mi puerta, pero yo no sabía si hacerle pasar o dejarlo tirado en el descansillo.
 Lo deseaba tanto como él a mí, pero también sabía que aquello no estaba bien, y las palabras de mi amiga se paseaban de un lado a otro por mi cabeza. Así que, haciendo grandes esfuerzos, decidí no contestar a sus calientes últimos mensajes en el whatssap, y me acosté.
Al día siguiente, el móvil volvió a vibrar…

MIGUEL
ALEJANDRA
“Anoche desapareciste”


“Tenía algo que hacer”
“¿A las 12 de la noche?”


“Sí”
“Vaya, he conocido a Cenicienta”


“Ya ves, principito”
“¿Te molestó que te dijera lo mucho que me apetecía besarte?”


“No"
“¿Entonces?”


“Me molestó que no estuvieras aquí para hacerlo”

Escribí ese último mensaje con la mano temblorosa. Sabía lo que eso significaba, había dado el paso, y había abierto la puerta al morbo que seguía esperando ansioso en el descansillo. Pero él no contestó, salió del whatssap, y dejó de estar en línea. << ¿Pero qué has hecho Alejandra? >> me pregunté echándome las manos a la cabeza. << Y ¿ahora qué? ¿Por qué no me contesta? ¿Ahora es él el Ceniciento? >>
Absorta en mis pensamientos, el móvil sonó.
- Dame tu dirección – dijo él de forma tajante.
Aquello me dejó sin habla, << ¡Qué voz tiene el jodío! >> pensé mientras escuchaba su acelerada respiración por el móvil, haciéndome sentir excitada. Tras unos segundos, y paralizada por el shock que me produjo aquel “momentazo”, tan sólo pude decir:
- Calle Mayor, 21, 3º C. – Y colgué.
No podía dejar de pensar en lo que había hecho, estaba hiperventilando, el corazón parecía el pueblo de Hellín en plenas fiestas con la tamborada, y la vena del cuello me iba a explotar. En cuanto pude reaccioné y comencé a ordenar la casa, y a recoger los millones de juguetes que mi niña había dejado estratégica y puñeteramente esparcidos por todo el salón.
En menos de diez minutos, Miguel llegó a casa, le abrí la puerta, y sin mediar ni una palabra, se abalanzó hacia mí, me cogió entre sus brazos, y me besó. En cuanto pude reaccionar y respirar, lo llevé al salón, nos sentamos en el sofá, y allí, durante más de una hora, dimos rienda suelta a nuestros entrelazados labios.
A la mañana siguiente al arreglarme, no daba abasto con la cantidad de maquillaje que tuve que ponerme, para tapar la tremenda herida que me había salido en la barbilla. Ya no había marcha atrás, el cuento había comenzado, y aquellas odiosas pupas eran testigo de ello.
Las chicas no fueron muy crueles conmigo esa mañana, apenas me riñeron por lo que había hecho la noche anterior, aunque se despacharon a gusto mofándose de mi herida de quinceañera. Tras el cachondeo del desayuno, me dirigí al trabajo con una sonrisa picarona.
A media mañana, y sin levantar la vista de la caja, tras no parar de atender a gente, me encontré con un sobre en la cinta. Extrañada levanté la cabeza para ver quién había sido el tonto que, en una tienda de ropa, había puesto aquello para que se lo cobrara. Al levantar la vista, me quedé blanca como el papel. Allí estaba Miguel observándome sin decir nada, mirándome con ojos de deseo. Me guardé el sobre en el bolsillo del uniforme, y como pude le cobré un jersey que había colocado posteriormente en la cinta. Y como un cliente más, saludó y se marchó.
A mediodía tuve que llamar a Mª Eugenia y pedirle que me invitara a tomar café. Debía enseñarle lo que contenía aquel sobre. Como una emocionada quinceañera, nada más llegar a su casa, le enseñé a mi amiga la carta que contenía un recorte de un príncipe de cuento, otro con la Cenicienta de Disney, y un simple “Te echo de menos”.
- ¿Pero se puede ser más cursi, por Dios?
- Pues a mí me encanta – le contesté reprochándole con la mirada por aquella reacción.
- Pero Alejandra por favor, baja de las nubes nena. En el cole, y con ocho años lo puedo entender, pero ¿ahora?
- ¿Por qué te pones así? Sabes que ningún hombre ha hecho esto antes por mí. Siento que lo veas así.
- Lo que veo es que te estás enamorando de un imposible Alejandra. Deja ya de jugar a este juego y termina con esto de una vez, que quien juega con fuego, al final se acaba quemando.
- Sé lo que es. Y sé que podré controlarlo. Confía en mí. – Dije para terminar la conversación, e intentando convencerme de que YO, podía hacerlo.
Una noche, chateando, Miguel me contaba que quería hacerse un tatuaje en el brazo con la inicial del horóscopo de su hijo. Hablamos sobre el diseño, del cual me pidió consejo, del tamaño, etc. Pero mi sorpresa llegó cuando me dijo que el horóscopo en cuestión era el primero del zodíaco, y que aquella inicial, tendría un doble significado que tan sólo él y yo sabríamos, no sólo sería la A de Aries, sino también la A de Alejandra. Esa noche dormí con una sonrisa implantada en la cara, aquello había sido para mí, una pura demostración de amor.
Nuestros siguientes encuentros fueron aumentando. Miguel me buscaba sin parar, me enviaba mensajes, y se escapaba cada vez que podía para venir a verme. En nuestras clandestinas citas tan sólo nos besábamos y nos acariciábamos, parecíamos auténticos jovenzuelos saliendo a escondidas de nuestros padres. Pero no era de ellos de quien nos escondíamos. Miguel ya estaba preocupado porque la situación se le estaba yendo de las manos. En más de una ocasión su mujer había estado a punto de pillarle hablando conmigo, y comenzó a hacer preguntas. Según él, yo le había hecho bajar la guardia, y eso podría hacer peligrar nuestra relación, y sobre todo, su matrimonio.
La mezcla entre lo que debía hacer y lo que deseaba, entre lo que estaba bien y lo que no, y mis puñeteros angelitos blanco y negro pululando sobre mis hombros todo el día, me estaban volviendo loca.
Aun así, y pese a poder ser descubiertos por la “madrastra” del cuento, ambos decidimos que deberíamos tener el gran encuentro que tanto deseábamos; y una noche, tras mucho planearlo, por fin llegó.
Los dos estábamos hechos un flan, los nervios nos estaban comiendo, pero también el fuerte deseo. Tumbados en mi cama, y tras largos besos, comenzó a desnudarme mientras me susurraba al oído – Cenicienta-  Aquello me hizo enloquecer, estaba extasiada, me volvía loca porque me tomara y por poder sentirlo entre mis piernas. Sus manos acariciándome y sus intensos besos me hicieron arder como hacía ya mucho tiempo que no sentía. Y cuando iba a penetrarme, recordé que había dejado los preservativos en el salón. Él se dirigió a por ellos, mientras yo le esperaba extasiada tumbada en mi cama, y deseosa por sentirlo dentro de mí. Pero cuando regresó, cabizbajo se acercó a mí, y con mirada de perro degollado se disculpó, se vistió y se marchó. Y allí me quedaba yo, sola, después de tanto planeo, compuesta y sin polvo, porque el niño había tenido “Un Gatillazo”.
No sabía si reír o llorar. << ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? >> Pensé mientras me vestía e intentaba asimilar lo que había ocurrido. Necesitaba desahogarme, necesitaba salir de allí cuanto antes. Llamé a Mª Eugenia, me puse “pepina” para mi “retroalimentación egocentril”,  y nos fuimos a tomarnos unas copas hasta altas horas de la madrugada.
Con una resaca tremenda de la noche anterior, me desperté por el sonido del móvil. Era mi antiguo príncipe, al que había decidido degradar al título de rana. Con voz tensa me dijo que había decidido acabar con lo nuestro. Que, tras haber sido acosado a preguntas por media familia, finalmente no tuvo más remedio que confesarle a su mujer CASI todo lo que había ocurrido entre nosotros.
- Adiós amiga, sé feliz – me dijo justo antes de colgar el teléfono. << A este tío lo mato >> pensé en ese momento.
Con toda la rabia que podía sentir, y con la duda de aquel CASI, me fui a pasar el día junto a mi familia, que ya me esperaban para irnos al restaurante a comer.
- ¡¿Qué después de to el cuento no has mojao?!  – Me dijo Mª Eugenia a la mañana siguiente mientras desayunábamos en nuestra particular cafetería.
- ¿Quieres bajar la voz?
- La madre que lo parió. Tanto dar por saco para que encima no termine la faena. – Dijo riéndose a carcajadas, haciéndome reír a mí también. Y allí nos quedamos las dos haciendo balance de todo lo que había pasado, y de la forma en la que él había terminado conmigo.
Al cabo de dos días, estando sola en casa, Miguel me llamó. Pese a saber que aquella relación no iría a ninguna parte, y que aquel hombre no me convenía, lo echaba de menos, y ver su nombre en la pantalla del móvil me emocionó. Pero de nuevo no era el príncipe valiente quien me llamaba para rescatarme y llevarme en su caballo, sino una cobarde rana para avisarme de que en su casa había TORMENTA. Su mujer había averiguado muchas cosas sobre mí, ahora sabía dónde trabajaba, y estaba dispuesta a llamarme.
Yo me quedé helada, si en su casa había tormenta, en la mía acababa de nevar.
Siguió contándome que quería asegurarse de que si ella me llamaba, que yo le contase la misma versión que él se había inventado, para así poder salvar su blanco trasero. Y no contento con eso, también me pidió que me diera de baja de los chats y que cambiara mi foto de perfil. Yo no daba crédito a toda la cantidad de chorradas que podía soltar aquel anfibio con patas. << ¿Que cambie mi preciosa foto de perfil en la que, todo hay que decirlo, estoy “pepina cachonda”? >>
Cansada de escuchar tantas memeces, y sacando mis guantes, mi pamela, y toda mi artillería de SEÑORA que llevo dentro, le dije:
- Mira Miguel, yo ya no tengo nada que ver contigo. Lo que pasó, pasado está. Yo soy una mujer libre, y tú, en cambio, eres un hombre casado. Tienes una mujer y un hijo, a los que debes ir empezando a respetar. Y si en tu casa hay tormenta, haz que salga el sol. Ponle tú la solución, y no vengas a mí a pedirme que tus problemas los haga míos. Deberías haberle dicho la verdad a tu mujer. Y si me llama, no esperes que le mienta, no es mi estilo, y mucho menos lo voy a hacer por salvarte el culo, el cual ni siquiera me he comido. Ah, y en cuanto a lo de eliminar mi chat, o cambiar mi foto de perfil, olvídalo. Continúa tú con tu vida, que yo lo haré con la mía. Adiós Miguel. – le dije de forma clara, justo antes de colgar.
Y más ancha que larga por la forma en que le hablé a aquel particular hombre del tiempo, y por lo orgullosa que me sentía por haber sido capaz de terminar aquella venenosa historia que no llevaba a ninguna parte, me puse mis mejores zapatos, me subí a mi carroza, y como buena princesa que soy, que buen príncipe se merece, salí en busca de mis amigas para contarles que el cuento, por fin, había acabado.


García de Saura, 2013

RELATO I


UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

- Hola cariño, ¿qué tal el día? - dijo María recibiendo a su marido que llegaba de trabajar a las ocho en punto, como cada tarde, desde hacía ya más de 30 años.
- Normal, - contestó de forma tajante, sin tan siquiera mirarla a la cara - ¿cómo va a ir
- Eso significa que ha ido bien.
- Si tú lo dices… - dijo Rodrigo sentándose en la mesa dispuesto a saborear la cena que ella, como cada día, le había preparado.
María y Rodrigo llevaban una treintena de años casados. Se conocieron siendo apenas unos críos, y desde entonces nunca se habían separado. Él se enamoró de ella nada más verla, fue un auténtico flechazo el día que se encontraron por primera vez en una reunión que el padre de María había organizado en su casa, con todos los comerciales de su modesta empresa. Ella aún recordaba con añoranza el momento en que su marido le pidió la mano a su padre, no podía olvidar la cara de susto y los nervios que su por entonces novio, pasó aquella tarde.

Tras la cena, María se quedaba en la cocina recogiendo la mesa y se autonombraba la reina de la vajilla, que sólo ella podía fregar y tocar. Mientras, Rodrigo, se recostaba en su sofá preferido dispuesto a disfrutar de su programa de deportes, autonombrándose el rey del mando.
<<Cómo ha cambiado el cuento>> se decía así misma, mientras observaba a su marido ensimismado con el televisor, y recordando la época en la que eran novios y él se quedaba embobado mirándola las dos horas que duraba la película en el cine.

-Es lo que debo hacer… - le decía María a su mejor amiga Marta mientras tomaban café en su acogedora cocina una tarde - …es mi marido, y debo cumplir como buena esposa.
- María, no digas tonterías. Eso era en el siglo pasado, despierta mujer, que las cosas han cambiado.
- Ahora los jóvenes no tienen paciencia. El matrimonio es sagrado, y hay que respetarlo.
- Pero ¿tú te estás oyendo? - le espetó Marta al ver a su querida amiga afligida mientras decía aquellas palabras. - Vamos a ver María, te conozco desde hace muchos años, y sé muy bien cómo eres, pero también sé que la vida está para evolucionar y seguir adelante. No puedes quedarte estancada, la mujer ya no es una esclava, ni criada, ni objeto de nadie.
- Yo no me considero esclava, es sólo que…
- ¿Desde cuándo no hacéis el amor?
- ¡Marta! - reprochó a su amiga con los ojos abiertos como platos e incrédula por aquella pregunta tan personal, aun a sabiendas de que su amiga era muy directa y no tenía pelos en la lengua.
- ¿Qué? ¿Acaso no es algo natural y normal? Anda hija, sal de tu cascarón y desembucha.
- Desde hace unas seis semanas aproximadamente - contestó agachando la cabeza y notando cómo los colores subían a sus mejillas.
- ¡¿Tanto?! Por el amor de Dios nena, ¿es que no te pica la pepitilla o qué?
María miró horrorizada a su amiga Marta, no podía creer que mantuviera aquella conversación tan íntima, pero admiraba su desparpajo y vitalidad, y sabía que no podía hablarlo con nadie que no fuera ella. Así que, armada de valor, decidió sincerarse:
- Claro que me pica, lo que pasa es que, yo no disfruto como él cuando hacemos el amor. Cuando a él le apetece, se me arrima en la cama, me abraza, y comienza a acariciarme los muslos. Seguidamente me gira hacia él, y sin dirigirme la palabra ni besarme, me penetra hasta que se va.
- ¿Y tú?
- Me levanto y voy al baño a lavarme antes de volverme a la cama a dormir.
- Por todos los santos María, ¿por qué no me lo habías dicho antes? - preguntó incrédula a su querida amiga. Pero al ver la cara de dolor que ésta tenía, añadió – Tranquila, lo sé. - Y cogiéndola de la mano y con dulzura le susurró: - Pero debo preguntarte algo más, y necesito que seas sincera.
- Dispara - dijo mirando a su amiga con los ojos abnegados en lágrimas.
 - ¿Has tenido orgasmos María?
- Creo que sí.
- No querida,… – le dijo mientras le cogía la cara con cariño - …cuando se tiene, se sabe. Es como una carrera, un motor que va subiendo de velocidad, el placer llega a ser tan intenso que todos los músculos del cuerpo se estiran, y tras un cosquilleo, el cuerpo se relaja dejándose invadir por una sensación especial de satisfacción.
- Entonces, me temo que no. - Dijo agachando la cabeza nuevamente incapaz de mirar a su amiga a la cara, por la tristeza que le invadía.
- No temas cielo. Tengo la solución para ti, te voy a presentar a una amiga. - Y dando un salto de la silla, y siendo observada por una absorta María, se dirigió con sonrisa picarona hacia el salón.

Aquella noche María no podía dormir, su cabeza daba vueltas y vueltas recordando todo lo hablado esa tarde con su mejor amiga. Aunque sintió vergüenza al principio, finalmente se dio cuenta de que era lo que necesitaba, sincerarse y abrir su corazón. Envuelta entre varias sensaciones que la envolvían, y acompañada por el sonido de los ronquidos de su marido, finalmente se quedó dormida.

Al día siguiente, cuando se quedó sola en casa, decidió tener una “cita” con la amiga de Marta. Y tras terminar las tareas de la casa, y dispuesta a dar un cambio a su vida, encendió el ordenador.
Ensimismada y sin darse apenas cuenta, había llegado la hora de la comida, y María no tenía nada preparado. Horrorizada por lo tarde que era, corrió a la cocina a improvisar un plato, que como siempre, y debido a su ardua experiencia, terminó a tiempo.
 <<No me ha pillado>> pensó mientras comían unos sabrosos tallarines a la boloñesa, dejando salir una pícara sonrisa.
Esa tarde, la diosa de la vajilla, terminó más rápido que nunca, y nerviosa miraba el reloj una y otra vez, esperando que llegara la hora de que su marido saliese por la puerta para irse al trabajo. Tenía una “cita”.

Pasaron los días, y María estaba notando cómo algo cambiaba dentro de ella. Hacía las tareas con una rapidez y vitalidad, que pareciese que tuviera veinte años menos. Pero no sólo se notaba en la velocidad de la reina de la vajilla, María comenzó a arreglarse más, incluso decidió ir a la peluquería a hacerse un cambio de look. Era obvio que estaba cambiando, y ella agradecía a cada momento a Dios que pusiera a su amiga Marta en su camino.

Todos los días “quedaba” con la amiga de Marta, pasaba horas frente al portátil, y en más de una ocasión estuvo a punto de que le pillara su marido con las manos en la masa, y sin haber hecho la comida. <<Le da un soponcio>> pensaba ella, mientras se le escapaba una sonrisa, imaginando a su marido llegando a casa, y la cara que pondría si no estuviera el plato encima de la mesa.
Pero pese a los cambios, María seguía siendo la esposa fiel que recibía a su marido con una sonrisa y preguntándole cómo le había ido el día. No estaba dispuesta a que ciertas cosas cambiaran, y mucho menos a que su educación se tirara por la borda.
El domingo toda su familia venía a comer a casa. María ese día decidió ponerse uno vestido que tenía casi olvidado en un rincón de su armario. Esa semana, impulsada e inspirada por las palabras de la amiga de Marta, hizo limpieza, y dejó entrar la luz, tras quitarle las telarañas, a su particular baúl de los recuerdos. Aquel vestido le sentaba como un guante, y no pudo evitar emocionarse al recordar el día en que lo estrenó, el día de su 20º aniversario de boda. Fue una noche muy especial y romántica para ella; y también la última.
Así que dispuesta a todo, salió de su cuarto y se dirigió a la entrada a recibir a su familia, que acababa de llegar. Rodrigo al verla acercarse, se quedó sin habla, y una satisfecha María, comenzó a saludar a sus hijos, a sus nueras y a sus cuatro nietos.
- ¡Qué guapa estás María! – le dijo su nuera, mujer de su hijo mayor, a la que adoraba.
- Gracias Daniela.
- Es cierto mamá, - dijo Alberto, su hijo menor, admirando lo cambiada que estaba su madre - estás impresionante.
- Anda callad, que me vais a poner colorada – dijo una ruborizada María, que miraba por el rabillo del ojo cómo su marido la miraba asombrado.
- Uy, uy, uy, aquí hay tomate – añadió Juan, su hijo mayor, que observaba a sus padres con mirada cómplice - ¿Ha pasado algo que no sepamos?
- ¡Dejaros de tonterías y a comer! – dijo Rodrigo levantando la voz y en tono furioso, dando por terminada aquella conversación.
Todos le miraron con cara de asombro por aquel grito, excepto María, que agachó la cabeza y sintió un dolor punzante en el pecho.
El resto de la comida evitaron hacer cualquier comentario respecto al cambio y al aspecto de María. Y tras despedirlos a todos, ésta se quedó observando a un impasible Rodrigo, que absorto veía la televisión.
Sin decir nada, se fue a la cocina, y siguió con su reinado.

Al día siguiente, María se despertó feliz pensando en la amiga de Marta. Sentía que gracias a ella volvía a tener ilusión, la esperanza había vuelto a su vida, y estaba dispuesta a avanzar. No veía el momento de encender el ordenador, aquello le estaba dando vida. Así que, tras el desayuno, y pese a no haberse dirigido apenas la palabra desde la comida del día anterior, María despidió con una sonrisa y con un tierno beso a su marido cuando éste se marchaba a trabajar. De nuevo, tenía una “cita”.
Una vez se encontraba totalmente sola en la casa, y tras pasar varias horas frente a la pantalla de su portátil, María se encontraba extasiada, y dejándose llevar por las palabras de la amiga de Marta, entró en su dormitorio dispuesta a conocer de una vez por todas la velocidad del motor del que le había hablado su amiga días antes. Y María, dando rienda suelta a su imaginación, y descubriendo partes, rincones y senderos que ella misma desconocía, tuvo su primer orgasmo.
Durante la comida, y frente a un pensativo Rodrigo, María no dejó de sonreír, estremeciéndose cada vez que recordaba aquel sentimiento, aquella explosión que había tenido unas horas antes. Estaba feliz, se sentía pletórica, y necesitaba contárselo a su amiga Marta, y darle las gracias por “presentarle” a su amiga. No podía aguantar a estar sola en casa, y llevada por la emoción, se encerró en la cocina, y la llamó.
Tras terminar el apartado de las noticias, y sin despedirse de su mujer, Rodrigo se marchó a trabajar. No podía creer lo que estaba sucediendo.
- ¿Qué te ocurre Rodrigo? – preguntó Manuel, su compañero de trabajo y mejor amigo, al verle llegar a la oficina con la cara pálida y desencajada.
- Mi mujer me la está pegando.
- Venga ya, ¿María? Seguro que te estás confundiendo.
- Lleva días muy rara, está más guapa que nunca, y sonríe a cada momento. Ella no se da cuenta, pero cuando comemos se le escapan varias sonrisas. Y a mí me está volviendo loco, apenas puedo dormir por las noches. Y ahora sé por qué. Y eso no es todo.
- ¿Hay más? – preguntó con los ojos abiertos como platos.
- Me la está pegando con una mujer. – Dijo con la mirada ausente y con una profunda tristeza.
Tras un breve silencio, y observando el dolor que sentía su amigo, le preguntó: - ¿Cómo estás tan seguro?
- Se ha encerrado en la cocina para llamar a su amiga Marta, y he oído cómo le decía que una amiga de ella le había cambiado la vida, y… - paró para poder tragar saliva, y tras un suspiro continuó - …dice que por fin ha conocido lo que es el sexo.
Los dos amigos se quedaron en absoluto silencio. Aquella revelación era demasiado dura para poder asimilarla en tan breve espacio de tiempo. Y tras unos minutos, Manuel se levantó, y haciendo gala de su galantería y la admiración que sentía por su amigo, se animó a decirle:
- Rodrigo, pese a todo lo que has escuchado, estoy seguro de que todo tiene una explicación. Conozco a María desde hace muchos años, y créeme cuando digo que pondría la mano en el fuego por ella. Aunque hay una cosa, querido amigo, que por mucha que te duela, debo decírtela. – Y con la mirada atenta de su compañero, prosiguió: - Debes reconocer que tienes a tu mujer muy abandonada, ya apenas tienes detalles con ella.
- ¿Quererla no es suficiente?
- No, no lo es. A las mujeres hay que respetarlas, amarlas día a día, demostrarles que no podemos vivir sin ellas, debemos ser detallistas, y que no olviden nunca que estamos ahí. ¿Acaso has olvidado por qué te enamoraste de ella? ¿O cómo te sentiste el día que te dijo que sí se casaba contigo pese al poco tiempo que llevabais de novios? ¿Y no recuerdas el día que nació vuestro primer hijo? No parabas de llorar como un niño mientras la mirabas a los ojos y le decías que pasara el tiempo que pasara, jamás dejarías de amarla.
Rodrigo escuchaba atento a su amigo, mientras callaba incapaz de reconocer que aquél tenía toda la razón. Había descuidado a su mujer desde hacía ya varios años. Pero el mazazo que había sufrido esa tarde, superaba todas las expectativas. Estaba paralizado, no podía reaccionar, el sentimiento de culpabilidad lo estaba matando.
- No sé qué hacer – dijo exhausto echándose las manos a la cabeza, desesperado por volver a recuperar a su mujer.
- Sorpréndela, llévala a cenar esta noche, y dile cuánto la quieres. Y por el amor de Dios Rodrigo, no dejes que la rutina acabe con vosotros. Deja de ver tanto deporte y dedícale más tiempo a ella. Sabes que sin María no podrías vivir, así que actúa querido amigo, que estoy seguro que aún no es demasiado tarde.
Aquellas palabras despertaron a un dormido Rodrigo, que habiéndose dejado llevar por la monotonía, estaba a punto de perder a su mujer si no hacía algo para remediarlo. Así que, sin pensarlo dos veces, levantó el teléfono y marcó el número de casa.
- ¿Diga?
- María, soy yo. Esta noche no hagas de cenar.
- ¿Vas a cenar fuera?
- Eso no es relevante – dijo de forma seca y cortante, dejando a María fría y sin saber qué decir – Y ponte el vestido del otro día. Tengo que colgar, adiós.
Tras unos segundos, María colgó el teléfono, y se dirigió al baño dando pequeños saltos de alegría. Conocía a su marido a la perfección, y sabía lo que aquello significaba. Por primera vez, desde hacía más de diez años, volvía a tener una cita.
A las ocho en punto Rodrigo llegó a su casa, y sin decir ni media palabra, se dirigió a su mujer, y abrazándola la miró a los ojos, y la besó hasta dejarla sin aliento. Tras unos minutos, la cogió de la mano, y con un <<Vámonos>> la llevó hasta el coche, para dirigirse al restaurante.
A la vuelta, y tras una cena rememorando bonitos momentos vividos antaño, Rodrigo no aguantó más, y con valentía y con todo el dolor de su corazón, sujetó a su mujer, y mirándola a los ojos, le dijo:
- Sé lo tuyo con la amiga de Marta, te oí hablando con ella esta tarde, pero estoy dispuesto a perdonarte, y a que volvamos a recuperar lo nuestro. Te quiero, y nunca dejaré de hacerlo.
María se quedó paralizada ante aquellas palabras. Pero pronto cayó en la cuenta de lo que su marido intentaba decirle, y con una radiante sonrisa le dijo:
- La amiga de Marta me ha enseñado muchas cosas, cosas que quiero vivir contigo y con nadie más. Sólo te quiero y te he querido a ti, siempre. Y si eres capaz de abrir tu mente, te la presentaré.
Rodrigo incrédulo por aquellas palabras, pero dispuesto a todo por volver a recuperar a su mujer asintió, y cogido de la mano, la siguió hasta el despacho donde ella encendió su portátil. Y tras teclear una contraseña se abrió un archivo que lo dejó paralizado.
- Ésta es la amiga de Marta, es E.L. James, la escritora de la trilogía de 50 sombras, con la que he aprendido a conocerme a mí misma, y a darme cuenta de que cada día te necesito más, y de que quiero más de ti. Quiero disfrutar como lo haces tú, que me hagas ver el séptimo cielo, y que…
Y sin dejarle terminar la frase, Rodrigo la abrazó y la besó con una pasión que jamás antes había sentido.
Pasados unos segundos, se separó para mirar a la mujer que tanto amaba, la cogió de la mano, la condujo hasta su habitación y le susurró:
- Encantado Srta. Steele.
Y tras hacer el amor varias veces, y María haber llegado al clímax con la pasión y el fervor de las caricias de su marido, durmieron abrazados, dando gracias por aquella segunda oportunidad.

García de Saura, 2013