martes, 19 de marzo de 2013

RELATO II


CENICIENTA Y EL HOMBRE DEL TIEMPO

La mañana comenzaba como cualquier otra, me levantaba, me metía en la ducha, vestía a mi hija, desayunábamos juntas, y tras meterle el almuerzo en la mochila, nos dirigíamos al cole.
Las chicas me esperaban, como cada día, en la cafetería que hay frente a la escuela. Era nuestro lugar de encuentro antes de comenzar la jornada laboral, un lugar perfecto, visitado por muchas madres, donde nos poníamos al día de las novedades del fin de semana, o del día anterior.
- Menuda cara traes Candela – le decía Mª Eugenia al ver las ojeras que aquélla tenía, mientras esperábamos que llegara el camarero con nuestros respectivos cafés.
- No veas la noche que me ha dao la niña. Parecía que estuviera pidiendo juguetes en el Entierro de la Sardina.
- Eso son las ganas que tiene de salir de ahí y unirse al grupo – dijo tras una carcajada Mª Eugenia, mientras acariciaba la barriga de nuestra amiga. A Candela le faltaba apenas un mes para dar a luz a su segunda hija, y el agotamiento ya empezaba a dejarle huella.
- ¡Tengo novedades! – les dije de pronto. Sentía interrumpirlas de su bonita conversación, pero estaba deseando contarles lo que me había pasado el día anterior.
- Sorpréndenos – me dijo Mª Eugenia.
- He conocido a un chico por el chat. Es alto como yo, moreno, ojos pardos como los míos, y muy simpático. Estuvimos hablando hasta las dos de la mañana – me estremecí mientras se lo contaba, me sentía como una quinceañera rebelde, pero esta vez, con causa.
- Vaya, ahora me explico yo las ojeras que me traéis las dos. Desembucha nena – me dijo Mª Eugenia, que era la más extrovertida del grupo.
- El pepino se llama Miguel, y me tiene loca.
- Contigo no dan abasto los sicólogos nena. ¿Y de dónde es la criatura esta vez, de Alicante o de Albacete?
Aquellas palabras no me hicieron gracia. Pero conocía a mi amiga, y sabía que me lo preguntaba para saber si tendría posibilidades de poder quedar con él asiduamente, y poder aspirar a que fuera una relación más realista que con mi anterior ligue de Valencia, al que sólo vi una vez, y del que me separó mi archienemiga por excelencia, la dichosa distancia.
- No lista, es de aquí de Murcia. Y me ha dicho de vernos la semana que viene. – Estaba dispuesta a defender aquella relación a viento y marea. Apenas lo conocía, pero había algo en aquel chico que me había llamado la atención. Después de mucho tiempo, no me aburría en una conversación, y me había dejado con ganas de más.
- Eso es buenísimo. Me alegro por ti Alejandra. Ya te mereces conocer a alguien que te merezca, y así poder dar esquinazo al idiota de tu ex. – Me dijo Candela con la dulzura a la que nos tenía acostumbradas.
- Hombre, ¡por fin uno del país! – continuó Mª Eugenia con una sonrisa de oreja a oreja. Mis dos amigas estaban contentas por mí, y eso me alegraba, pero sabía la bronca que me iban a echar.
- Está casado – dije agachando la cabeza, a sabiendas de la que me esperaba. Pero ninguna dijo nada, tan solo se limitaron a mirarse entre ellas. Aquel silencio me estaba matando, hasta que por fin Mª Eugenia lo rompió.
- Alejandra ¿es que no hay más peces en el mar? ¿Estás segura de lo que vas a hacer?
- Claro que hay más peces, pero la mayoría son chirretes. Y no, no lo estoy. Sólo estoy segura de que tengo ganas de verlo. Además, - añadí para auto-convencerme a mí misma – yo no tengo que darle explicaciones a nadie, soy una mujer libre.
- Sabemos que lo eres, pero él no lo es. Y la verdad hija, vaya ganas de complicarte la vida.
- Yo no me la complico – le respondí – tan sólo intento vivirla día a día.
- Eso está muy bien, que quieras vivir la vida es bueno, pero no así. Esto te traerá problemas y lo sabes.
- No creo que vaya a tener problemas por el mero hecho de tener un amigo, aunque esté casado.
- ¿Un amigo? Las narices nena. A otro perro con ese hueso. ¿Crees que no sabemos cómo terminará todo?
- ¿Acaso tienes una bola de cristal para saberlo Mª Eugenia? – Le dije levantando un poco el tono de voz. Sabía que tenía razón en todo lo que decía, pero no quería dar mi brazo a torcer.
- No, no la tengo. Pero no hace falta tenerla para saber cómo va a acabar la historia. Los cuentos están muy bien en los libros, pero esto es la vida real. Y la realidad es que él está casado, y que le debe respeto a su mujer.
- Pero ese es su problema, no mío.
- Lo es o lo será en el momento que tengas una relación con él – dijo mirándome con fuerza. Yo intentaba buscar una respuesta que la convenciera, cuando Candela susurró:
- Vive la experiencia, pero no te enamores Alejandra, que te conocemos.
Aquella respuesta nos dejó sin habla tanto a Mª Eugenia como a mí. En su caso porque no esperaba que Candela me animara a seguir adelante con mi loca aventura. Y en el mío, porque, había conseguido oír lo que quería escuchar. Eso me daba vía libre a seguir adelante << Ya puedo hacerlo, tengo permiso de mi amiga >>, pensé.
Pasaron los días, y cada vez me sentía más enganchada a Miguel. Todas las mañanas me mandaba un whatssap para darme los buenos días. A mediodía, como conocía mi horario de trabajo en la tienda, me enviaba otro para preguntarme cómo me había ido la mañana. Y por las noches, chateábamos hasta bien entrada la madrugada. Aquella atención hacia mí me encantaba, me hacía sentirme querida como hacía mucho tiempo que no me sentía.
Ya había pasado más de un año desde que me divorcié del gandul de mi exmarido, al que le concedí el honor de ser mi mantenido. La vida con él en los últimos meses de matrimonio había sido un infierno, estaba ciega, y le permití que  absorbiera mi dinero y mi autoestima.  Pero ahora tenía a alguien que se preocupara por mí, ahora tenía a Miguel para preguntarme cómo me había ido el día, para darme las buenas noches, y para levantarme el ego hasta la terraza del edificio.
Sin darnos apenas cuenta, y aun a sabiendas de lo peligroso que aquello podía resultar, nuestras conversaciones dejaron de ser triviales, para ir tornándose en ardientes. Una noche decidió sincerarse conmigo, y en sus mensajes me habló de lo mucho que me había echado de menos durante el día, de que apenas logró concentrarse en el trabajo por no poder dejar de pensar en mí, y sobre todo, de lo mucho que deseaba besarme y acariciarme.
<<Bum>> El morbo acababa de llamar a mi puerta, pero yo no sabía si hacerle pasar o dejarlo tirado en el descansillo.
 Lo deseaba tanto como él a mí, pero también sabía que aquello no estaba bien, y las palabras de mi amiga se paseaban de un lado a otro por mi cabeza. Así que, haciendo grandes esfuerzos, decidí no contestar a sus calientes últimos mensajes en el whatssap, y me acosté.
Al día siguiente, el móvil volvió a vibrar…

MIGUEL
ALEJANDRA
“Anoche desapareciste”


“Tenía algo que hacer”
“¿A las 12 de la noche?”


“Sí”
“Vaya, he conocido a Cenicienta”


“Ya ves, principito”
“¿Te molestó que te dijera lo mucho que me apetecía besarte?”


“No"
“¿Entonces?”


“Me molestó que no estuvieras aquí para hacerlo”

Escribí ese último mensaje con la mano temblorosa. Sabía lo que eso significaba, había dado el paso, y había abierto la puerta al morbo que seguía esperando ansioso en el descansillo. Pero él no contestó, salió del whatssap, y dejó de estar en línea. << ¿Pero qué has hecho Alejandra? >> me pregunté echándome las manos a la cabeza. << Y ¿ahora qué? ¿Por qué no me contesta? ¿Ahora es él el Ceniciento? >>
Absorta en mis pensamientos, el móvil sonó.
- Dame tu dirección – dijo él de forma tajante.
Aquello me dejó sin habla, << ¡Qué voz tiene el jodío! >> pensé mientras escuchaba su acelerada respiración por el móvil, haciéndome sentir excitada. Tras unos segundos, y paralizada por el shock que me produjo aquel “momentazo”, tan sólo pude decir:
- Calle Mayor, 21, 3º C. – Y colgué.
No podía dejar de pensar en lo que había hecho, estaba hiperventilando, el corazón parecía el pueblo de Hellín en plenas fiestas con la tamborada, y la vena del cuello me iba a explotar. En cuanto pude reaccioné y comencé a ordenar la casa, y a recoger los millones de juguetes que mi niña había dejado estratégica y puñeteramente esparcidos por todo el salón.
En menos de diez minutos, Miguel llegó a casa, le abrí la puerta, y sin mediar ni una palabra, se abalanzó hacia mí, me cogió entre sus brazos, y me besó. En cuanto pude reaccionar y respirar, lo llevé al salón, nos sentamos en el sofá, y allí, durante más de una hora, dimos rienda suelta a nuestros entrelazados labios.
A la mañana siguiente al arreglarme, no daba abasto con la cantidad de maquillaje que tuve que ponerme, para tapar la tremenda herida que me había salido en la barbilla. Ya no había marcha atrás, el cuento había comenzado, y aquellas odiosas pupas eran testigo de ello.
Las chicas no fueron muy crueles conmigo esa mañana, apenas me riñeron por lo que había hecho la noche anterior, aunque se despacharon a gusto mofándose de mi herida de quinceañera. Tras el cachondeo del desayuno, me dirigí al trabajo con una sonrisa picarona.
A media mañana, y sin levantar la vista de la caja, tras no parar de atender a gente, me encontré con un sobre en la cinta. Extrañada levanté la cabeza para ver quién había sido el tonto que, en una tienda de ropa, había puesto aquello para que se lo cobrara. Al levantar la vista, me quedé blanca como el papel. Allí estaba Miguel observándome sin decir nada, mirándome con ojos de deseo. Me guardé el sobre en el bolsillo del uniforme, y como pude le cobré un jersey que había colocado posteriormente en la cinta. Y como un cliente más, saludó y se marchó.
A mediodía tuve que llamar a Mª Eugenia y pedirle que me invitara a tomar café. Debía enseñarle lo que contenía aquel sobre. Como una emocionada quinceañera, nada más llegar a su casa, le enseñé a mi amiga la carta que contenía un recorte de un príncipe de cuento, otro con la Cenicienta de Disney, y un simple “Te echo de menos”.
- ¿Pero se puede ser más cursi, por Dios?
- Pues a mí me encanta – le contesté reprochándole con la mirada por aquella reacción.
- Pero Alejandra por favor, baja de las nubes nena. En el cole, y con ocho años lo puedo entender, pero ¿ahora?
- ¿Por qué te pones así? Sabes que ningún hombre ha hecho esto antes por mí. Siento que lo veas así.
- Lo que veo es que te estás enamorando de un imposible Alejandra. Deja ya de jugar a este juego y termina con esto de una vez, que quien juega con fuego, al final se acaba quemando.
- Sé lo que es. Y sé que podré controlarlo. Confía en mí. – Dije para terminar la conversación, e intentando convencerme de que YO, podía hacerlo.
Una noche, chateando, Miguel me contaba que quería hacerse un tatuaje en el brazo con la inicial del horóscopo de su hijo. Hablamos sobre el diseño, del cual me pidió consejo, del tamaño, etc. Pero mi sorpresa llegó cuando me dijo que el horóscopo en cuestión era el primero del zodíaco, y que aquella inicial, tendría un doble significado que tan sólo él y yo sabríamos, no sólo sería la A de Aries, sino también la A de Alejandra. Esa noche dormí con una sonrisa implantada en la cara, aquello había sido para mí, una pura demostración de amor.
Nuestros siguientes encuentros fueron aumentando. Miguel me buscaba sin parar, me enviaba mensajes, y se escapaba cada vez que podía para venir a verme. En nuestras clandestinas citas tan sólo nos besábamos y nos acariciábamos, parecíamos auténticos jovenzuelos saliendo a escondidas de nuestros padres. Pero no era de ellos de quien nos escondíamos. Miguel ya estaba preocupado porque la situación se le estaba yendo de las manos. En más de una ocasión su mujer había estado a punto de pillarle hablando conmigo, y comenzó a hacer preguntas. Según él, yo le había hecho bajar la guardia, y eso podría hacer peligrar nuestra relación, y sobre todo, su matrimonio.
La mezcla entre lo que debía hacer y lo que deseaba, entre lo que estaba bien y lo que no, y mis puñeteros angelitos blanco y negro pululando sobre mis hombros todo el día, me estaban volviendo loca.
Aun así, y pese a poder ser descubiertos por la “madrastra” del cuento, ambos decidimos que deberíamos tener el gran encuentro que tanto deseábamos; y una noche, tras mucho planearlo, por fin llegó.
Los dos estábamos hechos un flan, los nervios nos estaban comiendo, pero también el fuerte deseo. Tumbados en mi cama, y tras largos besos, comenzó a desnudarme mientras me susurraba al oído – Cenicienta-  Aquello me hizo enloquecer, estaba extasiada, me volvía loca porque me tomara y por poder sentirlo entre mis piernas. Sus manos acariciándome y sus intensos besos me hicieron arder como hacía ya mucho tiempo que no sentía. Y cuando iba a penetrarme, recordé que había dejado los preservativos en el salón. Él se dirigió a por ellos, mientras yo le esperaba extasiada tumbada en mi cama, y deseosa por sentirlo dentro de mí. Pero cuando regresó, cabizbajo se acercó a mí, y con mirada de perro degollado se disculpó, se vistió y se marchó. Y allí me quedaba yo, sola, después de tanto planeo, compuesta y sin polvo, porque el niño había tenido “Un Gatillazo”.
No sabía si reír o llorar. << ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? >> Pensé mientras me vestía e intentaba asimilar lo que había ocurrido. Necesitaba desahogarme, necesitaba salir de allí cuanto antes. Llamé a Mª Eugenia, me puse “pepina” para mi “retroalimentación egocentril”,  y nos fuimos a tomarnos unas copas hasta altas horas de la madrugada.
Con una resaca tremenda de la noche anterior, me desperté por el sonido del móvil. Era mi antiguo príncipe, al que había decidido degradar al título de rana. Con voz tensa me dijo que había decidido acabar con lo nuestro. Que, tras haber sido acosado a preguntas por media familia, finalmente no tuvo más remedio que confesarle a su mujer CASI todo lo que había ocurrido entre nosotros.
- Adiós amiga, sé feliz – me dijo justo antes de colgar el teléfono. << A este tío lo mato >> pensé en ese momento.
Con toda la rabia que podía sentir, y con la duda de aquel CASI, me fui a pasar el día junto a mi familia, que ya me esperaban para irnos al restaurante a comer.
- ¡¿Qué después de to el cuento no has mojao?!  – Me dijo Mª Eugenia a la mañana siguiente mientras desayunábamos en nuestra particular cafetería.
- ¿Quieres bajar la voz?
- La madre que lo parió. Tanto dar por saco para que encima no termine la faena. – Dijo riéndose a carcajadas, haciéndome reír a mí también. Y allí nos quedamos las dos haciendo balance de todo lo que había pasado, y de la forma en la que él había terminado conmigo.
Al cabo de dos días, estando sola en casa, Miguel me llamó. Pese a saber que aquella relación no iría a ninguna parte, y que aquel hombre no me convenía, lo echaba de menos, y ver su nombre en la pantalla del móvil me emocionó. Pero de nuevo no era el príncipe valiente quien me llamaba para rescatarme y llevarme en su caballo, sino una cobarde rana para avisarme de que en su casa había TORMENTA. Su mujer había averiguado muchas cosas sobre mí, ahora sabía dónde trabajaba, y estaba dispuesta a llamarme.
Yo me quedé helada, si en su casa había tormenta, en la mía acababa de nevar.
Siguió contándome que quería asegurarse de que si ella me llamaba, que yo le contase la misma versión que él se había inventado, para así poder salvar su blanco trasero. Y no contento con eso, también me pidió que me diera de baja de los chats y que cambiara mi foto de perfil. Yo no daba crédito a toda la cantidad de chorradas que podía soltar aquel anfibio con patas. << ¿Que cambie mi preciosa foto de perfil en la que, todo hay que decirlo, estoy “pepina cachonda”? >>
Cansada de escuchar tantas memeces, y sacando mis guantes, mi pamela, y toda mi artillería de SEÑORA que llevo dentro, le dije:
- Mira Miguel, yo ya no tengo nada que ver contigo. Lo que pasó, pasado está. Yo soy una mujer libre, y tú, en cambio, eres un hombre casado. Tienes una mujer y un hijo, a los que debes ir empezando a respetar. Y si en tu casa hay tormenta, haz que salga el sol. Ponle tú la solución, y no vengas a mí a pedirme que tus problemas los haga míos. Deberías haberle dicho la verdad a tu mujer. Y si me llama, no esperes que le mienta, no es mi estilo, y mucho menos lo voy a hacer por salvarte el culo, el cual ni siquiera me he comido. Ah, y en cuanto a lo de eliminar mi chat, o cambiar mi foto de perfil, olvídalo. Continúa tú con tu vida, que yo lo haré con la mía. Adiós Miguel. – le dije de forma clara, justo antes de colgar.
Y más ancha que larga por la forma en que le hablé a aquel particular hombre del tiempo, y por lo orgullosa que me sentía por haber sido capaz de terminar aquella venenosa historia que no llevaba a ninguna parte, me puse mis mejores zapatos, me subí a mi carroza, y como buena princesa que soy, que buen príncipe se merece, salí en busca de mis amigas para contarles que el cuento, por fin, había acabado.


García de Saura, 2013

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