UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD
- Hola
cariño, ¿qué tal el día? - dijo María
recibiendo a su marido que llegaba de trabajar a las ocho en punto, como cada
tarde, desde hacía ya más de 30 años.
- Normal,
- contestó de forma tajante, sin tan siquiera mirarla a la cara - ¿cómo va a ir
-
Eso significa que ha ido bien.
- Si tú
lo dices… - dijo Rodrigo sentándose
en la mesa dispuesto a saborear la cena que ella, como cada día, le había
preparado.
María
y Rodrigo llevaban una treintena de años casados. Se conocieron siendo apenas
unos críos, y desde entonces nunca se habían separado. Él se enamoró de ella nada
más verla, fue un auténtico flechazo el día que se encontraron por primera vez
en una reunión que el padre de María había organizado en su casa, con todos los
comerciales de su modesta empresa. Ella aún recordaba con añoranza el momento
en que su marido le pidió la mano a su padre, no podía olvidar la cara de susto
y los nervios que su por entonces novio, pasó aquella tarde.
Tras
la cena, María se quedaba en la cocina recogiendo la mesa y se autonombraba la
reina de la vajilla, que sólo ella podía fregar y tocar. Mientras, Rodrigo, se
recostaba en su sofá preferido dispuesto a disfrutar de su programa de
deportes, autonombrándose el rey del mando.
<<Cómo ha cambiado el
cuento>> se decía así misma, mientras observaba a su
marido ensimismado con el televisor, y recordando la época en la que eran
novios y él se quedaba embobado mirándola las dos horas que duraba la película
en el cine.
-Es
lo que debo hacer… - le decía María a
su mejor amiga Marta mientras tomaban café en su acogedora cocina una tarde - …es
mi marido, y debo cumplir como buena esposa.
-
María, no digas tonterías. Eso era en el siglo pasado, despierta mujer, que las
cosas han cambiado.
-
Ahora los jóvenes no tienen paciencia. El matrimonio es sagrado, y hay que
respetarlo.
- Pero ¿tú te estás oyendo? - le
espetó Marta al ver a su querida amiga afligida mientras decía aquellas palabras.
- Vamos a ver María, te conozco desde hace muchos años, y sé muy bien cómo
eres, pero también sé que la vida está para evolucionar y seguir adelante. No
puedes quedarte estancada, la mujer ya no es una esclava, ni criada, ni objeto
de nadie.
-
Yo no me considero esclava, es sólo que…
-
¿Desde cuándo no hacéis el amor?
-
¡Marta! - reprochó a su amiga con los ojos abiertos como platos e incrédula por
aquella pregunta tan personal, aun a sabiendas de que su amiga era muy directa
y no tenía pelos en la lengua.
-
¿Qué? ¿Acaso no es algo natural y normal? Anda hija, sal de tu cascarón y
desembucha.
-
Desde hace unas seis semanas aproximadamente
- contestó agachando la cabeza y notando cómo los colores subían a sus
mejillas.
-
¡¿Tanto?! Por el amor de Dios nena, ¿es que no te pica la pepitilla o qué?
María
miró horrorizada a su amiga Marta, no podía creer que mantuviera aquella
conversación tan íntima, pero admiraba su desparpajo y vitalidad, y sabía que
no podía hablarlo con nadie que no fuera ella. Así que, armada de valor, decidió
sincerarse:
-
Claro que me pica, lo que pasa es que, yo no disfruto como él cuando hacemos el
amor. Cuando a él le apetece, se me arrima en la cama, me abraza, y comienza a
acariciarme los muslos. Seguidamente me gira hacia él, y sin dirigirme la
palabra ni besarme, me penetra hasta que se va.
-
¿Y tú?
-
Me levanto y voy al baño a lavarme antes de volverme a la cama a dormir.
-
Por todos los santos María, ¿por qué no me lo habías dicho antes? - preguntó
incrédula a su querida amiga. Pero al ver la cara de dolor que ésta tenía,
añadió – Tranquila, lo sé. - Y cogiéndola de la mano y con dulzura le susurró: -
Pero debo preguntarte algo más, y necesito que seas sincera.
-
Dispara - dijo mirando a su amiga con los ojos abnegados en lágrimas.
- ¿Has tenido orgasmos María?
-
Creo que sí.
-
No querida,… – le dijo mientras le cogía la cara con cariño - …cuando se tiene,
se sabe. Es como una carrera, un motor que va subiendo de velocidad, el placer
llega a ser tan intenso que todos los músculos del cuerpo se estiran, y tras un
cosquilleo, el cuerpo se relaja dejándose invadir por una sensación especial de
satisfacción.
-
Entonces, me temo que no. - Dijo agachando la cabeza nuevamente incapaz de
mirar a su amiga a la cara, por la tristeza que le invadía.
-
No temas cielo. Tengo la solución para ti, te voy a presentar a una amiga. - Y
dando un salto de la silla, y siendo observada por una absorta María, se
dirigió con sonrisa picarona hacia el salón.
Aquella
noche María no podía dormir, su cabeza daba vueltas y vueltas recordando todo
lo hablado esa tarde con su mejor amiga. Aunque sintió vergüenza al principio,
finalmente se dio cuenta de que era lo que necesitaba, sincerarse y abrir su
corazón. Envuelta entre varias sensaciones que la envolvían, y acompañada por
el sonido de los ronquidos de su marido, finalmente se quedó dormida.
Al
día siguiente, cuando se quedó sola en casa, decidió tener una “cita” con la
amiga de Marta. Y tras terminar las tareas de la casa, y dispuesta a dar un
cambio a su vida, encendió el ordenador.
Ensimismada
y sin darse apenas cuenta, había llegado la hora de la comida, y María no tenía
nada preparado. Horrorizada por lo tarde que era, corrió a la cocina a
improvisar un plato, que como siempre, y debido a su ardua experiencia, terminó
a tiempo.
<<No
me ha pillado>> pensó mientras comían unos sabrosos tallarines a la
boloñesa, dejando salir una pícara sonrisa.
Esa
tarde, la diosa de la vajilla, terminó más rápido que nunca, y nerviosa miraba
el reloj una y otra vez, esperando que llegara la hora de que su marido saliese
por la puerta para irse al trabajo. Tenía una “cita”.
Pasaron
los días, y María estaba notando cómo algo cambiaba dentro de ella. Hacía las
tareas con una rapidez y vitalidad, que pareciese que tuviera veinte años
menos. Pero no sólo se notaba en la velocidad de la reina de la vajilla, María comenzó
a arreglarse más, incluso decidió ir a la peluquería a hacerse un cambio de
look. Era obvio que estaba cambiando, y ella agradecía a cada momento a Dios
que pusiera a su amiga Marta en su camino.
Todos
los días “quedaba” con la amiga de Marta, pasaba horas frente al portátil, y en
más de una ocasión estuvo a punto de que le pillara su marido con las manos en
la masa, y sin haber hecho la comida. <<Le da un soponcio>> pensaba ella, mientras se le escapaba una
sonrisa, imaginando a su marido llegando a casa, y la cara que pondría si no
estuviera el plato encima de la mesa.
Pero
pese a los cambios, María seguía siendo la esposa fiel que recibía a su marido
con una sonrisa y preguntándole cómo le había ido el día. No estaba dispuesta a
que ciertas cosas cambiaran, y mucho menos a que su educación se tirara por la
borda.
El
domingo toda su familia venía a comer a casa. María ese día decidió ponerse uno
vestido que tenía casi olvidado en un rincón de su armario. Esa semana,
impulsada e inspirada por las palabras de la amiga de Marta, hizo limpieza, y dejó
entrar la luz, tras quitarle las telarañas, a su particular baúl de los
recuerdos. Aquel vestido le sentaba como un guante, y no pudo evitar
emocionarse al recordar el día en que lo estrenó, el día de su 20º aniversario
de boda. Fue una noche muy especial y romántica para ella; y también la última.
Así
que dispuesta a todo, salió de su cuarto y se dirigió a la entrada a recibir a
su familia, que acababa de llegar. Rodrigo al verla acercarse, se quedó sin
habla, y una satisfecha María, comenzó a saludar a sus hijos, a sus nueras y a
sus cuatro nietos.
-
¡Qué guapa estás María! – le dijo su nuera, mujer de su hijo mayor, a la que
adoraba.
-
Gracias Daniela.
-
Es cierto mamá, - dijo Alberto, su hijo menor, admirando lo cambiada que estaba
su madre - estás impresionante.
-
Anda callad, que me vais a poner colorada – dijo una ruborizada María, que
miraba por el rabillo del ojo cómo su marido la miraba asombrado.
-
Uy, uy, uy, aquí hay tomate – añadió Juan, su hijo mayor, que observaba a sus
padres con mirada cómplice - ¿Ha pasado algo que no sepamos?
-
¡Dejaros de tonterías y a comer! – dijo Rodrigo levantando la voz y en tono
furioso, dando por terminada aquella conversación.
Todos
le miraron con cara de asombro por aquel grito, excepto María, que agachó la
cabeza y sintió un dolor punzante en el pecho.
El
resto de la comida evitaron hacer cualquier comentario respecto al cambio y al
aspecto de María. Y tras despedirlos a todos, ésta se quedó observando a un
impasible Rodrigo, que absorto veía la televisión.
Sin
decir nada, se fue a la cocina, y siguió con su reinado.
Al
día siguiente, María se despertó feliz pensando en la amiga de Marta. Sentía
que gracias a ella volvía a tener ilusión, la esperanza había vuelto a su vida,
y estaba dispuesta a avanzar. No veía el momento de encender el ordenador,
aquello le estaba dando vida. Así que, tras el desayuno, y pese a no haberse
dirigido apenas la palabra desde la comida del día anterior, María despidió con
una sonrisa y con un tierno beso a su marido cuando éste se marchaba a
trabajar. De nuevo, tenía una “cita”.
Una
vez se encontraba totalmente sola en la casa, y tras pasar varias horas frente
a la pantalla de su portátil, María se encontraba extasiada, y dejándose llevar
por las palabras de la amiga de Marta, entró en su dormitorio dispuesta a
conocer de una vez por todas la velocidad del motor del que le había hablado su
amiga días antes. Y María, dando rienda suelta a su imaginación, y descubriendo
partes, rincones y senderos que ella misma desconocía, tuvo su primer orgasmo.
Durante
la comida, y frente a un pensativo Rodrigo, María no dejó de sonreír,
estremeciéndose cada vez que recordaba aquel sentimiento, aquella explosión que
había tenido unas horas antes. Estaba feliz, se sentía pletórica, y necesitaba
contárselo a su amiga Marta, y darle las gracias por “presentarle” a su amiga. No
podía aguantar a estar sola en casa, y llevada por la emoción, se encerró en la
cocina, y la llamó.
Tras
terminar el apartado de las noticias, y sin despedirse de su mujer, Rodrigo se
marchó a trabajar. No podía creer lo que estaba sucediendo.
-
¿Qué te ocurre Rodrigo? – preguntó Manuel, su compañero de trabajo y mejor
amigo, al verle llegar a la oficina con la cara pálida y desencajada.
-
Mi mujer me la está pegando.
-
Venga ya, ¿María? Seguro que te estás confundiendo.
-
Lleva días muy rara, está más guapa que nunca, y sonríe a cada momento. Ella no
se da cuenta, pero cuando comemos se le escapan varias sonrisas. Y a mí me está
volviendo loco, apenas puedo dormir por las noches. Y ahora sé por qué. Y eso
no es todo.
-
¿Hay más? – preguntó con los ojos abiertos como platos.
-
Me la está pegando con una mujer. – Dijo con la mirada ausente y con una
profunda tristeza.
Tras
un breve silencio, y observando el dolor que sentía su amigo, le preguntó: - ¿Cómo
estás tan seguro?
-
Se ha encerrado en la cocina para llamar a su amiga Marta, y he oído cómo le
decía que una amiga de ella le había cambiado la vida, y… - paró para poder
tragar saliva, y tras un suspiro continuó - …dice que por fin ha conocido lo
que es el sexo.
Los
dos amigos se quedaron en absoluto silencio. Aquella revelación era demasiado
dura para poder asimilarla en tan breve espacio de tiempo. Y tras unos minutos,
Manuel se levantó, y haciendo gala de su galantería y la admiración que sentía por
su amigo, se animó a decirle:
-
Rodrigo, pese a todo lo que has escuchado, estoy seguro de que todo tiene una
explicación. Conozco a María desde hace muchos años, y créeme cuando digo que
pondría la mano en el fuego por ella. Aunque hay una cosa, querido amigo, que por
mucha que te duela, debo decírtela. – Y con la mirada atenta de su compañero,
prosiguió: - Debes reconocer que tienes a tu mujer muy abandonada, ya apenas tienes
detalles con ella.
-
¿Quererla no es suficiente?
-
No, no lo es. A las mujeres hay que respetarlas, amarlas día a día,
demostrarles que no podemos vivir sin ellas, debemos ser detallistas, y que no
olviden nunca que estamos ahí. ¿Acaso has olvidado por qué te enamoraste de
ella? ¿O cómo te sentiste el día que te dijo que sí se casaba contigo pese al
poco tiempo que llevabais de novios? ¿Y no recuerdas el día que nació vuestro
primer hijo? No parabas de llorar como un niño mientras la mirabas a los ojos y
le decías que pasara el tiempo que pasara, jamás dejarías de amarla.
Rodrigo
escuchaba atento a su amigo, mientras callaba incapaz de reconocer que aquél
tenía toda la razón. Había descuidado a su mujer desde hacía ya varios años.
Pero el mazazo que había sufrido esa tarde, superaba todas las expectativas.
Estaba paralizado, no podía reaccionar, el sentimiento de culpabilidad lo
estaba matando.
-
No sé qué hacer – dijo exhausto echándose las manos a la cabeza, desesperado
por volver a recuperar a su mujer.
-
Sorpréndela, llévala a cenar esta noche, y dile cuánto la quieres. Y por el
amor de Dios Rodrigo, no dejes que la rutina acabe con vosotros. Deja de ver
tanto deporte y dedícale más tiempo a ella. Sabes que sin María no podrías
vivir, así que actúa querido amigo, que estoy seguro que aún no es demasiado
tarde.
Aquellas
palabras despertaron a un dormido Rodrigo, que habiéndose dejado llevar por la
monotonía, estaba a punto de perder a su mujer si no hacía algo para
remediarlo. Así que, sin pensarlo dos veces, levantó el teléfono y marcó el
número de casa.
-
¿Diga?
-
María, soy yo. Esta noche no hagas de cenar.
-
¿Vas a cenar fuera?
-
Eso no es relevante – dijo de forma seca y cortante, dejando a María fría y sin
saber qué decir – Y ponte el vestido del otro día. Tengo que colgar, adiós.
Tras
unos segundos, María colgó el teléfono, y se dirigió al baño dando pequeños
saltos de alegría. Conocía a su marido a la perfección, y sabía lo que aquello
significaba. Por primera vez, desde hacía más de diez años, volvía a tener una
cita.
A
las ocho en punto Rodrigo llegó a su casa, y sin decir ni media palabra, se
dirigió a su mujer, y abrazándola la miró a los ojos, y la besó hasta dejarla
sin aliento. Tras unos minutos, la cogió de la mano, y con un
<<Vámonos>> la llevó hasta el coche, para dirigirse al restaurante.
A
la vuelta, y tras una cena rememorando bonitos momentos vividos antaño, Rodrigo
no aguantó más, y con valentía y con todo el dolor de su corazón, sujetó a su
mujer, y mirándola a los ojos, le dijo:
-
Sé lo tuyo con la amiga de Marta, te oí hablando con ella esta tarde, pero
estoy dispuesto a perdonarte, y a que volvamos a recuperar lo nuestro. Te
quiero, y nunca dejaré de hacerlo.
María
se quedó paralizada ante aquellas palabras. Pero pronto cayó en la cuenta de lo
que su marido intentaba decirle, y con una radiante sonrisa le dijo:
-
La amiga de Marta me ha enseñado muchas cosas, cosas que quiero vivir contigo y
con nadie más. Sólo te quiero y te he querido a ti, siempre. Y si eres capaz de
abrir tu mente, te la presentaré.
Rodrigo
incrédulo por aquellas palabras, pero dispuesto a todo por volver a recuperar a
su mujer asintió, y cogido de la mano, la siguió hasta el despacho donde ella
encendió su portátil. Y tras teclear una contraseña se abrió un archivo que lo
dejó paralizado.
-
Ésta es la amiga de Marta, es E.L. James, la escritora de la trilogía de 50
sombras, con la que he aprendido a conocerme a mí misma, y a darme cuenta de
que cada día te necesito más, y de que quiero más de ti. Quiero disfrutar como
lo haces tú, que me hagas ver el séptimo cielo, y que…
Y
sin dejarle terminar la frase, Rodrigo la abrazó y la besó con una pasión que
jamás antes había sentido.
Pasados
unos segundos, se separó para mirar a la mujer que tanto amaba, la cogió de la
mano, la condujo hasta su habitación y le susurró:
-
Encantado Srta. Steele.
Y
tras hacer el amor varias veces, y María haber llegado al clímax con la pasión
y el fervor de las caricias de su marido, durmieron abrazados, dando gracias
por aquella segunda oportunidad.
García de Saura, 2013
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